¿ YO TE BENDIGO ? UNA EXTRAÑA COSTUMBRE QUE DEBE PREOCUPARNOS

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Hablemos un poco sobre la expresión: ”Te bendigo”, y de la misma palabra ”Bendecir”. No es raro hoy en día escuchar a personas cristianas diciendo a otras: ‘‘Te bendigo”; pero veamos lo que implica esta expresión. Según la Real Academia Española, algunos de los significados de la palabra ”bendecir” son los siguientes:

  1. Alabar, engrandecer, ensalzar.
  2. Dicho de la Providencia: Colmar de bienes a alguien, hacerlo prosperar.
  3. Invocar en favor de alguien o de algo la bendición divina.

La primera definición de arriba es la que se aplica a Dios respecto a nosotros. La segunda hace referencia a las bendiciones que Dios nos da. La tercera se refiere a cuando colocamos el Nombre de YHVH sobre alguien, diciéndole: ”Que YHVH te bendiga”, o simplemente: ”Que Dios te bendiga”. Por otra parte, la palabra ”bendecir” viene del latín ”benedicere”, que significa: ”Decir bien”. De la misma manera la palabra” maldecir” viene del latín ”maldecire”, que significa: ”Decir mal”. De modo que cuando decimos algo bueno a alguien, lo bendecimos; y cuando decimos algo malo a alguien, lo maldecimos.

¿En qué sentido podemos bendecir a Dios? En el sentido de que podemos alabarlo, engrandecerlo y ensalzarlo. Y esto podemos hacerlo mediante palabras y mediante hechos. La palabra griega para ”bendecir” es ”euloguéo” (εὐλογέω), que en español se refiere a un elogio, y también significa: ”Decir bien”. Y la palabra hebrea para ”bendecir” es ”barak”(בָּרַךְ), y uno de sus significados es ”loar”. De manera que cuando elogiamos a Dios, lo bendecimos; tal como está escrito: ”Bendeciré (ELOGIARÉ) a YHVH en todo tiempo; su alabanza estará de continuo en mi boca”(Salmo 34:1). Pero podemos bendecir a nuestro Dios, no sólo de palabras, sino también haciendo obras beneficiosas, no directamente a Él, porque Él no tiene necesidad de que nosotros le proveamos de algo para prosperarlo, sino más bien a nuestros prójimos, para que el Nombre de Dios sea ensalzado y engrandecido. Tal como lo dice Mateo 5:16”Así alumbre la luz de ustedes delante de los hombres, para que vean sus buenas obras, y glorifiquen (BENDIGAN, ENGRANDEZCAN, MAGNIFIQUEN) a su Padre que está en los cielos”.

¿En qué sentido podemos bendecir a nuestros hermanos y a las demás personas? No es lo mismo decir: ”Te bendigo”, que decir: ”Dios te bendiga”; porque con esa segunda expresión el que bendice no es aquella persona, sino Dios. ¿Y qué quiere decir que Dios nos bendice? Pues quiere decir que Dios HARÁ ALGO lo cual mejorará de alguna manera nuestra situación económica, material, mental o espiritual. Decir ”te bendigo” sólo por decirlo, sin hacer nada, no beneficia en nada, por lo tanto no es una bendición, puesto que una bendición es la obra o el producto que traerá bienestar a tu vida. Cuando una persona te dice: ”Te bendigo”, queda implícito que esa persona tiene que hacer algo para mejorar tu estado general; y si no hace nada, entonces no es una bendición. Pero cuando Dios bendice, lo hace prosperándonos y dándonos bienestar.

UNA EXTRAÑA COSTUMBRE QUE DEBE PREOCUPARNOS.

En los últimos años, amplios sectores de la comunidad evangélica vive pasando de una novedad sensacional a la siguiente. Entre esas modas recientes está la costumbre de decir “Yo te bendigo” en vez del tradicional “Dios te bendiga”. Aunque eso ya es muy común, y no dudo de la sinceridad y buena voluntad de las personas que me lo dicen, tengo que confesar que me entran dudas cada vez que alguien proclama esa solemne bendición sobre mi existencia. Me pregunto exactamente qué puede significar, o qué estará pensando esa persona. ¿Será simplemente una versión evangélica de “Buena Suerte”? Para ser sincero, esa invocación solemne no parece haber traído ningún beneficio concreto en mi vida (que de por sí es maravillosamente bendecida por Dios). Me cuesta tomar con seriedad una bendición puramente verbal y formal, por un desconocido o una desconocida que pronto se olvidará de mí y desaparecerá de mi vida, como yo de la vida suya. 

Me confunde aun más el otro lado de este nuevo fenómeno, y es que el flamante “Yo te bendigo en el nombre del Señor” ha desplazado casi totalmente la invocación de la bendición Divina. Ya se oye muy poco “Dios te bendiga”, y algunos hasta lo entienden como una falta de fe, una timidez en asumir la autoridad que Dios ha puesto en las manos nuestras y por ende ya no en las manos de él.

Parece que esta “renovación” nace de una enseñanza que nos trajo el famoso pastor coreano, Yonggi Cho. Yo mismo escuché su sermón cuando explicó que si Cristo nos ha entregado las llaves del cielo a nosotros, entonces ya no las tiene él. ¿Podría haber algo más obvio que eso? Después de su sermón, el reverendo asiático dividió a todos los presentes para ejercer el poder de las llaves sobre sus respectivos territorios y proclamar bendición sobre sus provincias. Después, unos pastores alquilaron una avioneta para echar aceite, en el nombre del Señor, sobre las ciudades y campos, montañas y valles, de todo el país. La fuerza mística de la “bendición” taumatúrgica, reforzada por la fuerza mística del aceite bendecido, debía asegurar avivamiento y una notable transformación.

Aunque la nueva doctrina de Yonggi Cho es lógicamente irrefutable, no es bíblica y de hecho es peligrosa para la Iglesia. Lo que Cristo comparte con nosotros, no lo pierde él. El sigue siendo Señor de la iglesia y de la historia; las llaves todavía están en sus manos. Inferencias doctrinales, aun cuando son lógicamente válidas, pueden llevarnos a herejías. Muchas enseñanzas de los Testigos de Jehová y los Mormones son rigurosamente lógicas, pero gravísimos errores doctrinales. No toda inferencia lógica del texto es fiel al sentido de él y al mensaje que el Espíritu Santo inspiró”.

A menudo me pregunto, “¿En qué cree este hermano que él (o ella) me puede bendecir? ¿Qué autoridad cree tener para declararme bendecido?”. Creo que no exagero al ver aquí un vestigio del catolicismo tradicional, entre las muchas cosas poco bíblicas del catolicismo que los evangélicos hoy vamos incorporando en nuestra práctica religiosa en vez de otras cosas buenas de ellos. Cuando alguien me pronuncia una bendición de ésas, me digo, “Sólo falta que me bendijera el santo padre en Roma”. ¿Pero creemos los evangélicos en la fuerza espiritual de “una bendición papal”. Personalmente, y con todo respeto, no creo que el Papa ni nadie más me puede declarar bendecido; eso sólo Dios puede hacer. Lo que pasa es que entre los evangélicos, no creemos en el Papa pero muchos queremos ser pequeños “papitos” y repartir bendiciones papales. 

Me parece que el fenómeno bajo consideración es síntoma de un problema más general. El “cristianismo lite” de nuestra época ha acentuado al extremo el individualismo y  el egocentrismo, y en muchos casos el egoísmo, que son típicos de nuestra sociedad moderna. Hoy los líderes de la iglesia se aferran a sus títulos, y en muchos casos lucran con el evangelio. A menudo hay un culto a la personalidad del líder y admiramos más al ser humano por quien Dios actúa que a Dios mismo. Y en la mayoría de estos casos, son los mismos apóstoles, profetas, evangelistas, sanadores y conferencista que cultivan celosamente este culto a su propia personalidad. 

En esa subcultura personalista los creyentes comunes y corrientes merecen también su cuota de auto-gratificación numinosa, su propia tajada de poder espiritual. No quiero juzgar mal, pero sospecho que el poder pronunciar bendiciones bajo su propia autoridad, con un “Yo te bendigo”, da cierta satisfacción personal a estos hermanos y hermanas “bendecidores”, que un humilde “Dios te bendiga” no ofrecería. Aunque no sean apóstoles ni profetas, ni predican ni cantan ni curan, por lo menos pueden andar repartiendo solemnes bendiciones a diestra y siniestra..

El culto a la personalidad, esta religión de gratificación egoísta que permea nuestra comunidad evangélica hoy, es muy cuestionable bíblicamente. En el Nuevo Testamento, por ejemplo, un “don de sanidad” es el acto de Dios de dar salud a un enfermo, no alguna fuerza supernatural de curación que poseyera algún ser humano. Hoy día, si Dios en su gracia sana a un enfermo, mañana el milagro aparece en televisión y el sanador es famoso. Parecido pasa con evangelistas, conferencistas y salmistas. La gloria y la honra van al agente humano y no al Actor divino que sanó y que bendijo. Me parece que algo parecido pasa con la nueva moda de “Yo te bendigo, hermano”. 

Es muy aleccionador el ejemplo de Pedro y Juan en los Hechos 4. Después de la curación del cojo, con el hombre sanado agarrado de sus brazos, los apóstoles rechazan todo mérito por lo que había ocurrido. “Varones israelitas, ¿por qué ponéis los ojos en nosotros, como si por nuestro poder o piedad hubiésemos hecho andar a éste?” (Hch 3:12). ¡No dirigen sus miradas hacia nosotros, decían Pedro y Juan; queremos desaparecer para que sólo se contemple el rostro de Cristo! Hoy día parece lo contrario, que algunos sanadores dicen en efecto, “Miren estas manos; estas manos tienen poder para sanar”. 

En otro sentido, es cierto que todos debemos ser de bendición unos a otros. En su sentido bíblico, “bendición” significa vida, salud, bienestar (Dt 30:19-20). Las lluvias y los pozos, los buenos partos y buena lactancia (Gén 49:25) son bendiciones que sólo Dios puede dar, pero nosotros podemos colaborar con Dios en realizarlas. Dios prometió bendecir a Abraham para que él fuera de bendición a todas las familias de la tierra. Esa promesa introduce el tema central del libro de Génesis: ¿cómo ser de bendición a los demás? Abraham bendijo a Lot, y hasta a los reyes de Sodoma y Gomorra, no por pronunciar fórmulas sobre ellos sino por defender su bienestar integral. Igual con Isaac, Jacob y especialmente José. José cumplió a cabalidad la promesa a Abraham, reorganizando la economía de Egipto para defender la vida, no sólo de Egipto ni sólo de los hebreos, sino de todas las naciones vecinas.

Amado hermano, amada hermana, si quieres bendecir al pobre, dale algo que le puede ayudar en su necesidad. Si quieres bendecir al enfermo, no añada a su sufrimiento con frases piadosas o fórmulas vacías, sino tomarle la mano y orar por su salud, su paz y su bienestar integral. Si quieres bendecir a un matrimonio en crisis, o con hijos drogadictos, acompáñalos en su dolor y lucha y busca maneras de ayudarlos. Si quieres bendecirme a mí, regálame tu sonrisa cálida y tu amor sincero, y ora por mí y mi familia, con un buen “Dios te bendiga, amado hermano y a vuestra familia”.

¡Eso sí es una excelente manera de bendecirnos unos a otros!

Dios Los Bendiga…!!

Atte: Atalaya – Jose Antonio Valladares

Siervo de JESUCRISTO

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